VÍCTOR MANUEL TELLO ZAPATA, EL HOMBRE DE LA PALABRA ESCRITA
No escribe para gustar. Lo hace como quien ausculta: para determinar el origen de los males.
Aprendió el oficio en redacciones sin aire acondicionado, donde el café sabía a cenicero y las noticias llegaban en papel carbón. Ahí entendió que un punto mal colocado, o un adjetivo de más, pueden esconder un agravio.
Tuvo escuela, pero aprendió más a ras de cancha. Pasó madrugadas persiguiendo la noticia y entrevistando personajes que olían a pena añeja. Con la decencia de no preguntar lo que ya sabía y la valentía de escribir lo que otros, con impunidad, callaban.
Nadie le tendió una alfombra. Abrió brecha a punta de párrafos, con notas que se volvían crónica. Su pluma no tiene florituras. Tiene filo. No describe la sangre. Explica por qué se derramó.
Con 54 años en el oficio escribe mejor. Sabe que el verbo "ser" no se conjuga igual cuando hay una herida abierta de por medio y que "presuntamente" es la guarida donde se esconde la cobardía. Que una coma puede ser la diferencia entre inocencia y culpabilidad.
Firma como testigo. Porque estuvo ahí. Vio el hecho. Olió la pólvora. Cargó al niño. Anotó las placas del coche y luego se sentó a redactarlo con todos sus detalles.
El Maestro busca la verdad. La persigue. La acorrala. La pone contra la pared y le exige nombres. Después la suelta en la primera plana para que cada quien teja su propia conjetura.
Cuando deje el oficio, no le harán homenajes. Los homenajes son para los que estorbaron poco. Le harán silencio. Y en ese silencio van a caber todos los que salvó sin que se dieran cuenta.
Porque el periodista contundente no quiere la gloria. Aspira al dato duro. Al que no se puede desmentir ni con un comunicado de 3 páginas.
Ese es Tello Zapata. El hombre que hizo camino al andar, y posee todavía la fuerza suficiente para continuar la marcha de las cien mil leguas...
Con admiración y respeto,
Delfino Ambrosio Montalván
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